
Ego Sum - Domingo Rojo por Rocío Novoa.
Domingo Rojo
Por: Rocío Novoa.
Un domingo con periódicos, normal. Como dice la canción. Con cabros chicos arriba de autos sin copiloto, con almuerzos familiares para sondear los regalos navideños. Con todas esas clásicas y conservadoras costumbres que se reservan para EL día consagrado al descanso. Nosotros (que fuerte hablar en primera persona plural después de un año entero de andar por la vida con el corazón roto) a las 14:15 estábamos viendo una película Turco-Alemana, "Contra la Pared" se llamaba. Es su película favorita, es la película que más me ha dejado pensando en mucho tiempo. En alguna parte -que no recuerdo cual- el médico le decía al protagonista, un tipo que se salva después de intentar suicidarse ¿puedes acabar con tu vida sin matarte?. Qué mejor frase para resumir la vida del que en esos momentos moría.Terminó. Bajamos a comprar pizza acompañados de los miles de bocinazos que encendían la aparente y tranquila tarde dominical. Un partido era la razón más fácil y lógica de todo el alboroto. Es que es un tanto difícil bajarse de las nubes para intentar explicar cada suceso terrenal, así que para qué complicarse tanto, decíamos.Volvimos al departamento. Uno de los amigos de mi pololo nos recibió corriendo de un lado a otro.- ¿¡Qué pasó!?- Preguntamos a dúo.
- Se murió el viejo, hueon. Se murió Pinochet…- Remató.
Es difícil explicar la cantidad de flashes mentales que se nos pasaron después de la noticia. Vivíamos un auténtico domingo rojo sin un partido de la selección o un Sunday Bloody Sunday. Vivíamos un suceso histórico. Mucha gente estará riendo, mucha gente estará llorando. Sus padres en Valparaíso estarán saltando en un pié. Mis uniformados padres lo lamentarán profundamente. Sus amigos estarán celebrando, los míos aún deben estar tomándole el real peso a todo esto.
Nos besamos, nos abrazamos y gritamos muchos viva chile mientras el compañero de casa partía volando a su pega en las cercanías del Hospital Militar. Llamé a una amiga que supuestamente pasaba el fin de semana largo fuera de Santiago. Estaba en el epicentro de la noticia. Y de los que lloraban. De los que lo idolatraban y pasaban las vallas papales para intentar despedirlo. A los que sumaban a nuestro Viva chile un "a su general y a Dona Lucía, la cumpleañera, también".
Quedamos de ir adonde estaban los "otros". Como los de Lost. Igual de rayados y enajenados… ¿O alguien puede ser tan… tan… requete tan como para celebrar la muerte de alguien?. Pues si, se respiraba felicidad, era una fiesta. La única nota negra de esas horas de jolgorio mortal fue el triste espectáculo que un niñito de no más de cuatro o cinco años nos ofreció un "Don sata, don sata, culeate al tata". Eran las palabras que su dulce vocecita alzaba al bullicio de Plaza Italia. Lo callamos para calmar el instinto moralista que nos queda.
Todos felices. Nadie se quedaba sin saludo: Amigos, enemigos, conocidos, desconocidos, bastardos, buenas personas, malas gentes. Adiós Carnaval, Adiós General.
Nos devolvimos al departamento a descansar y seguir las transmisiones por TV. La gente empezaba a marchar a la Moneda. Los cercanos salían del hospital a jactarse de sus últimos momentos con el viejo vivo. Las bocinas, la histeria injustificada de las viejas fachas y los vítores del pueblo cambiaban al fomingo su inicial.
Llegue a casa tardísimo mientras armaban el arbolito. Me mandaron a mi dormitorio, castigada. Por fin sucedía algo normal. Algo que me hiciera decir "hey!, la historia y tú ya dejaron de ser uno". Descansa y guarda todo en celuloide mental para contarlo en el futuro, porque domingos que cambien la historia no hay, oh right!.
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