Dios existe. No me pida que haga lo que nadie ha hecho y le compruebe mediante métodos científicos y experimentos lo que estoy afirmando. Solo se siente, se saca por conclusión. Solo se corrobora saliendo a la calle y viviendo un rato.Llegar al paradero y que la primera micro que pase sea la que sirve, que por una vez en la vida no me moleste tanto aparentar 10 años y guardar los 120 junto a otros 120 para hacerme un regalito a fin de mes. Sentarme en el único asiento que queda sin que exista el riesgo de que ciertos personajes extremadamente concientes me lo pidan y dormir hasta llegar al colegio teniendo la absoluta certeza de que ningún pasajero osará a quitarme alguna de mis pertenencias. ¿Es cierto todo esto? Gracias a Dios si. A mí me pasó.
También me pasó que hace aproximadamente 12 años que buscaba una canción. Desde pequeña la escuchaba y durante años pensé estaba hecha para mí. Que mi misión secreta en el planeta era apoderarme de ella y configurar cada uno de mis pasos a su ritmo. Hasta que una noche, sin audio en el pc, con una melancolía horrible y una ansiedad de puta madre que ni las Tabacaleras Unidas podrían detener apareció esa voz que, a estas alturas de la vida, en plena Isla Incomprensible (aka. Adolescencia), era como la luz al final del túnel. Voz femenina, dulzona, letra en inglés que con mi mediocre manejo alcancé a escribir en Google. La guitarra al principio. One of Us. Joan Osborne. La primerísima primera edad en 5minutos12segundos. Todo el universo confabuló para lograrlo. Ningún otro ente más allá que Dios pudo auspiciar el evento.
Y semanas después, con el computador bueno producto de un milagro informático y con la canción rotando sin parar en el playlist me dedico a examinarla. Me esperaba algo más libidinoso con tanto yeah, yeah, yeah. Pero no. Era la visión divina de una common People. De la persona que prefiere comprarle cuerdas a esa guitarra que suena tan bonito al principio antes que comer algo. De los que cantan sin cantar. De los que viven sin vivir. Ella solo se cuestiona e invita a fantasear un rato con el nombre y la cara ideal para ese que tememos mirar. Y de tanto pensar sí que es great, sí que es cool, comienzo a descartar que sea alguno de nosotros. Ni un patán ni el desconocido de la micro. De lo contrario políticos, profesores, choferes, vecinas copuchentas, jefes y toda esa gama de gente a la que tratamos de Hijos de Puta sin decírselo, estarían adornando las paredes de los templos como los Jesús, los Santos y los Profetas de la decadencia.
Dios existe. Trato de convencerlos y no me sale. Quizás solo me falte vivir un poco para comprobarlo.
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