Tres en la ciudad
Nos encontramos en un dispensador de snacks. No cabía duda. Era la misma mirada, la misma cara de pavo, la misma sonrisa fingida que por tantas noches no dejo dormir a mi mejor amiga, la chica que me acompañaba esa tarde invernal.
Me acerqué, le hablé y costó que me reconociera. El salto a las 3 dimensiones desde la inexpresiva ventana de messenger era bastante. Se atascaron las galletas que compró con una moneda que le presté y no alcanzó a devolver. Falto tiempo, faltaron palabras, sobraron miradas. Pateo la máquina, recuperamos nuestra primera inversión conjunta y nos lanzamos en un extenso juego de preguntas, idioteces y respuestas.
La conversa se extendía. Se me iba la cabeza pensando como responder cada una de sus ironías. Tan concentrada estaba que ignoré el paradero de mi amiga. Se había replegado a un rincón, escondida tras un banquito, silenciosa, expectante. Interrumpí la maquina traductora de humor inteligente para darle paso al básico sentimiento de la ¿Traición? No, ellos no tienen nada. Ella sueña con él cada noche y él cuando intenta borrar contactos de su lista la recuerda. Las cosas tomaban vuelo en el más absoluto vacío. Quería arrancar. Me daba miedo amargar la tarde producto de una frase con problemas técnicos. La niña seguía en su rincón. Enmudecida por cada palabra que salía de su boca, la misma que estaba frente a mí y que sin querer me desconcertaba también. La cara de ella era tan indescriptible que hasta llegaba a sentir un grado de rabia y remordimiento por cada modo coqueto que inconscientemente me salía. Pero bastaba voltearme y fijarme en sus ojos. Todo automáticamente volvía a ser rosa
Le dije que debíamos partir. Me pidió que lo esperáramos. Me senté junto a mi acompañante y hablamos como si la reciente media hora nunca hubiera existido. En menos de dos minutos lo vi otra vez. Ya no era un bastardo, un gran necio y un estúpido engreído que no tiene corazón. Era un tipo lo suficientemente apto como para secuestrarlo, llevarlo a un café y pasar 30 tardes junto a él.
El tiempo paso, éramos él, ella y yo. Tres en una ciudad que oscurecía a medida que avanzábamos hacia la estación de metro y al tramo final de nuestro viaje. En el vagón su brazo rozó mi mejilla cuando trato de agarrar el pilar metálico para no ¿Alejarse de mi?. El tren se repletaba. Lo miraba demasiado y lo notaba. En todo el trayecto no le dirigí ninguna mirada a ella. Sabía en que mucho tiempo no vería aquella delgada figura masculina que engalano esa inocente tarde.
Mi amiga ya no está en Santiago. Él se volvió a olvidar de mí. Tiendo a temblar solo con la idea de que un día aparezca ante mí y no tenga nadie al lado. Sé que no respondería por mis actos. Las ideas de traición rondan como buitres cada vez que inicia sesión. Tonta yo, siempre abriendo la ventana, como aquella madrugada donde hablamos de nada. Donde sin galletas y sin dispensadores de snacks sabíamos reír. Donde aunque fuera absurdo éramos él y yo.
las cosas de la vida, Totis